Doughboat empezó como una serie de ejercicios sueltos entre dos personas que dibujaban de noche. Con los años se convirtió en un atelier digital donde se enseña ilustración, diseño de personajes y narrativa gráfica, con la misma lógica de entonces: practicar, corregir y volver al papel.
Los primeros talleres se armaban con hojas impresas y una mesa larga. Ahí apareció la costumbre de empezar cada sesión con manchas rápidas antes de tocar el lápiz fino, algo que hoy sigue marcando el ritmo de los cursos iniciales.
Cuando el grupo creció, grabamos las demostraciones para que nadie perdiera el paso. Esa decisión abrió el cuaderno de bocetos a distancia y obligó a ordenar los ejercicios por dificultad, no por tema.
El azul ultramar y la mostaza entraron como restricción de paleta en los ejercicios de color. Funcionaron tan bien para separar foco y descanso visual que terminaron definiendo la identidad gráfica de la plataforma.
Reunimos referencias, storyboards y proyectos de alumnos en un mismo espacio de consulta. La biblioteca dejó de ser un anexo y se convirtió en punto de partida para las escenas y las historias cortas.
Hoy el recorrido va del primer boceto a la escena terminada, con paradas en color, encuadre y ritmo narrativo. Cada etapa tiene su propio cuaderno, y el estilo personal aparece cuando el alumno deja de copiar el ejercicio.
La historia de Doughboat no se escribió de golpe. Fue sumando cuadernos, correcciones y alumnos que hoy publican sus propias historias. Estos son los momentos que marcaron el rumbo del atelier.
Empezamos con un taller presencial de bocetos en Veracruz y un cuaderno que pasaba de mano en mano. Nadie hablaba todavía de plataforma: solo de dibujar seguido y mostrar el trabajo sin retocar.
El encierro nos obligó a grabar. Lo que iba a ser un reemplazo temporal se volvió parte del método: ver la mano trabajar en tiempo real, con dudas y correcciones incluidas, enseña más que un resultado limpio.
Fijamos el ultramar y la mostaza como base de los ejercicios de color. No fue una decisión de marca, sino una restricción útil: dos colores obligan a pensar luces, sombras y descansos visuales antes de sumar tonos.
Apareció el ejercicio que hoy sostiene el curso de narrativa. Tres cuadros, sin diálogo, para forzar encuadre, gesto y elipsis. Muchos proyectos finales del atelier salieron de ahí.
Abrimos dos espacios que faltaban: un muro donde los alumnos cuelgan sus escenas terminadas y un archivo de referencias comentadas. La idea es que el proceso quede a la vista, no solo el resultado.
Hoy el recorrido va del primer boceto a la historia ilustrada, con talleres, ejercicios de color y proyectos guiados. Lo que no cambió es la regla inicial: dibujar seguido y mostrar el cuaderno abierto.