Antes de pensar en ojos, peinados o ropa, un personaje necesita sostenerse como forma. En el atelier empezamos cada serie con bocetos de treinta segundos: mancha rápida, sin borrar, sin corregir. La regla es incómoda al principio, pero obliga a decidir la proporción completa en el primer trazo y no en el quinto.
La prueba real llega cuando reducimos el dibujo al tamaño de una uña. Si la silueta sigue leyéndose —si reconocemos quién es y cómo se para—, la estructura funciona. Si se convierte en una mancha informe, ningún detalle posterior la va a salvar. Ese es el filtro que usamos en clase antes de pasar a la fase de rasgos.
Después revisamos qué decisiones aguantan y cuáles se pierden. Un hombro caído, una cabeza grande, un torso corto: cada elección cambia la lectura. Trabajamos variantes para cuerpos altos, bajos y con volúmenes exagerados, y comparamos cómo se comporta la misma pose en cada uno. La comparación enseña más que cualquier corrección individual.
El cuaderno se llena de intentos que no van a ningún sitio, y eso también es parte del método. La silueta reconocible aparece después de muchas versiones descartadas, no en la primera hoja.